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Soy una niña salvaje

 

¿Habrá realmente un mañana?

¿Habrá una cosa semejante al día?

¿Podría verlo desde las montañas

si yo fuese tan alta como ellas?

Emily Dickinson

 

I

Estamos detrás de las ventanas, algunos duermen

otras merodean buscando herramientas y trastos

lloran, se avecina un aniversario, algo negro quizás

carente de imágenes, silencioso y enigmático.

Los vidrios de la casa están empañados, en la noche

los perros gimen, la música lejana de un baile retumba,

las sombras se alargan, en el letargo de una lámpara tenue.

La luna muestra sus agallas de madre nocturna, las estrellas

hijas dichosas, espían las calles y los huertos

cada fiesta y mi cama, el orden de las cosas en el mundo.

El aire es gigante, todos respiramos de su fuente invisible

gran pulmón ocular; atmósfera que responde por nuestro cuerpo

cuando nos asfixia la incertidumbre, el manojo

arbitrario de destinos que no se decide. El destino,

ese mismo, que jamás, vendrá por mí.

  

II

Mi rostro se refleja en los vidrios, sonrío

algunos recuerdos imploran mi alegría. La luna

tiene una mirada cambiante, va y viene entre muchas madres posibles,

ella tampoco puede decidirse

se empeña en transformarse, en cada ciclo, en cada noche.

De todas formas me acompaña, cuando camino me persigue,

si corro se apresura,

si el agua agita la marea blanda de mis pies de niña

ella los lava, con su blancura extraña de madre lejana.

 

III

La maternidad, la de las madres verdaderas, puede ser

un misterio, cuando deja de coincidir

con nuestra anatomía imaginaria:

la curva ovalada del abdomen que busca el útero

la mancha de sangre que se despliega entre nosotras

el cono de la visión intentando captar un paisaje familiar.

La maternidad de ella, en cambio, es un mapa de tela,

blando y acolchonado

una preciosa cartografía que insiste, en dibujar

un jardín o laberinto de flores silvestres

en la luna escurridiza.

 

IV

El deseo llega, posee, inunda; detrás de toda prisión

hay versiones y resonancias de un deber inconmensurable

y el deseo pequeño acurrucado en el cuerpo lástima.

Se abre paso y lo potencia todo: alegría o tristeza

según la marcha incierta de los astros, el deseo con su líquidos

y sentencias, el deseo con su temblor de orilla.

.

V

Con ella, la madre de los jardines imposibles, inventamos

un lenguaje, donde la posición de las palabras

obedece al tiempo de los sueños,

nos hemos engendrado mutuamente

y nada puede cambiar eso. Las nuevas palabras

de nuestro alfabeto se posan en la lengua, como pájaros en una rama,

y cantan alegres, hasta el cansancio.

 

VI

Aprendí, entre escaladas y tropezones, esquivando surcos y

sorteando  piedras en el camino, que un lugar es

la disposición de mi cuerpo en la distancia y diagonales.

El horizonte tiene rayos en mis ojos y yo voy por ahí recorriendo

mi propia sangre; ella tiene senderos extraños,

combinaciones de muchas vidas posibles,

fracciones de mujeres y  hombres, oficinas sin escapatoria,

desconocidos que no siempre entienden

mi canto mustio de pajarillo solitario.

 

VII

Una tarde, en la pradera sorprendente del reino del revés

perseguí un conejo blanco que regalaba chupetines y souvenires

toda clase de juguetes, corrí y me divertí, hasta dormirme

en la frontera de un gran montaña. Cuando desperté

estaba en otro sitio y así cada vez que me dormía,

una canción de cuna o sonajero extranjero, me adormecían

hasta el último aliento de mi cuerpo somnoliento.  

 

VIII

Me gustaría despertar en aquel jardín, donde ambas

seamos mucho: luciérnagas y mariposas, enredaderas y raíces

nuestras caras y manos esparcidas por la tierra.

Puro amor, sin límites o forma, persiguiendo

nuestro conejo hasta la alegría.

 

IX

Cuando las cosas me miran pregunto, ellas entienden

petrificadas en su destino lo que él mío niega. Voy hacía rumbos

equivocados pero todos lo hacemos. Perdidos vivimos, sin embargo,

las ofrendas tienen sus propias respuestas, inmortales, sin sangre,

ni ojos, atienden al tesoro que las anima.

 

X

Mi espejo me divierte, hermoso y audaz, cuando me reflejo

se mueve ligero por varias caras conocidas, una coincide con

la mía, otras con la multitud que me habita. Pero hay un espejo

que late con mi corazón, sus espigas vidriadas pueden herir

pero siempre funciona al compás de mi tierno tiempo.

 

XI

Las muñecas planean sobrevivir a la catástrofe, sus prendas

recortadas y remendadas por una madre querida, tienen tributos

guardados, en dobladillos de colores: mapas para llegar a la luna,

alquimias de vidrios antiguos, meriendas de jardín

y otras pócimas necesarias. Las muñecas son así,

inanimadas anfitrionas de un ágape secreto y poderoso.

 

XII

Mis letras son pequeñas joyas, pululan en mi cuerpo

brillan en la lengua, en la boca crecen

como flor; caricia acuosa, las bendigo.

Oración profana, ese es mi deber

parlar

la fantasía informe y locuaz de mi deseo. 

 

XIII

En la oscuridad

alguien me busca, afuera no hay ley

solo el viento que huye.

 

XIV

Ciertas tendencias de preservación

adoran la tristeza, se incendian y recuerdan

el súbito secreto que soportamos.

Es así como nos elegimos cada día,

yo estoy en vos, vos estás en mí. Secreto  

entre lo áspero y lo dulce

donde, salvajemente, crecemos.

 

XV

De rabia no moriré, trepada a un árbol de otoño

gritaré fuerte, un aullido sostenido

hasta la próxima estación.

XVI

Soy una niña salvaje, mami

y es lo mejor que pudo sucedernos, el grito

la tormenta en el origen, donde yo misma

me reconozco, buscándote.

XVII

Quisiera escribir una carta y contar las veces que sentí

el abismo entre mis diminutas manos,

lo sacudí y modelé como un bollo blando de plastilina:

tentáculos de mi coraza. Quisiera decir, también, espero que sepan entender

pero su mundo se acabó antes de ser explorado, sólo con

mirar detrás de un vidrio, el empañado figurín de la noche,

logré adivinar sus contingentes redundancias, el aburrido plan

que se reitera y propaga. Escribiré, en mi carta, también,

las breves memorias de mi infancia.

 

XVIII 

Sucede, entonces, que soy una niña

revelando un secreto, una mirada

única y propicia en el horizonte

abismo rezo para despertar

vos en mí, yo en vos, a la hora de la luna

en el cielo de los grillos, yo en vos

para siempre, vos en mí.

 

 

Mariana Robles

Estudio abierto de Marisol San Jorge

Córdoba / 2019